Cotidianidad

Koan

Me están pasando cosas. No vamos a negar lo evidente. Pero, ¿qué cosas exactamente? O lo más importante, ¿qué consecuencias están conllevando esas cosas?

Creo saber que estoy sufriendo una serie de cambios en mi vida demasiado pesados para mi frágil estómago, cosa que me provoca vomitar constantemente.

Y con estos vómitos me refiero, evidentemente, al constante abuso psíquico que proyecto tanto hacia mi pareja como hacia mi persona. Y es que creo que no me soporto.

No puedo dejar de analizarlo todo en todo momento, y cuando digo todo es TODO. Además, mis análisis no es que sean funcionales -por lo que entendemos por funcionalidad-, y mucho menos sanos -por lo que entendemos por salud-.

Me paso horas pensando en cómo afrontar qué cosas, en gestionarlas, en cual es la mejor manera, en alternativas a ésta, en cómo pueden resultarme, en cómo evitar afrontarlas. Pero sobre todo en cómo evitar, a toda costa y cueste lo que cueste, el fracaso.

No soporto fracasar y todavía menos en problemas que puedan resultar cotidianos.

De esta manera me inflingo a mi misma tal presión que hay veces que se torna inaguantable. Literalmente. Hay veces que la única vía de escape que encuentro es quitarme la vida.

Además es curioso porque siempre que me preguntan el por qué de ese deseo obsesivo de morir, contesto que no lo sé, cuándo todas las veces que me derrumbo ante esa presión autoimpuesta pienso; así mis problemas desaparecerán. 

Me hace gracia que en la saga Reina Roja de Juan Gómez Jurado continuamente se indica que Antonia Scott solo se permite a si misma pensar en el suicidio -creo recordar- diez segundos al día. Y es que la entiendo, de verdad.

Sé que el simple hecho de pensar en la muerte le alivia a una. Lo sé porque te estoy diciendo que es cómo afronto yo mi propia vida cuando la encuentro insostenible. Solamente con pensar en la paz que me supondría morir y olvidar todos mis problemas, me tranquilizo. Y no te creas que hablo de problemas económicos, familiares, de pareja… hablo de los problemas que tengo conmigo misma.

Pero luego no me quito la vida, porque siento la necesidad de arreglarlo todo de la mejor manera que se me ocurra y que me sea posible, simplemente para notar eso que notas cuando por fin vences a tu mejor contrincante. Como eso que siente Harmon cuando gana de una vez a Borgov. 

Pero en realidad sé que ese momento es utópico y que nunca consumaré mis ganas de ganarme. Lo sé porque la vida -por lo menos la mía- es una competición en la que la meta es la muerte. Porque en la vida no hay una prueba que una vez superada te conceda la victoria. La vida no es un circuito mundial de ajedrez que acaba precisamente al proclamarte campeona del mundo. ¡Ojalá, me cago en la puta!

Ojalá.

A estas prontas alturas de mi recorrido vital, lo único que he podido esclarecer ha sido que esto es una competición, y que mi mejor contrincante soy yo misma.